[Entrevista] Cristian Farías, geofísico y columnista: "la mejor forma de transmitir la dimensión de un desastre es con el relato"

 

La madrugada del 8 de julio de 1730, tal como lo describen las crónicas de la época, un enorme terremoto azotó el entonces Reino de Chile, dejando daños desde la ciudad de Coquimbo hasta la antigua Concepción. Debido a su magnitud y los destrozos provocados, el sismo fue calificado, según lo señala Vicente Carvallo y Goyeneche (1875-1876) como “uno de los más terribles estremecimientos de tierra que se han experimentado en América”. A pesar del triste panorama dejado por este terremoto, así como por el tsunami que se produjo posteriormente, en la actualidad es poco lo que sabemos o recordamos sobre este evento, y lo que podría significar para la compleja historia sísmica del país. De este tema y otros conversamos con Cristian Farías, doctor en geofísica y académico de la Universidad Católica de Temuco, y quien ha desarrollado un interesante trabajo de difusión científica en los medios de comunicación; en sus columnas y publicaciones en Twitter, el investigador une conocimientos técnicos, historia y memoria local, para acercar la temática de los desastres al gran público, romper algunos mitos, y contribuir a una mejor preparación frente a futuros eventos. A continuación, lee la conversación entre nuestra directora Patricia Díaz-Rubio y el especialista.

 

Este 8 de julio se cumplió un nuevo aniversario del terremoto de 1730, recordado en las crónicas coloniales como una catástrofe de amplias proporciones. ¿Qué es lo que sabemos hoy de este evento y de sus características?

Algo que pasa con el estudio de los terremotos históricos, es que como no teníamos herramientas, porque estamos hablando de hace muchos años atrás, se terminaba reconstruyendo la información principalmente por el relato de las personas, porque siempre hay alguien que escribe, o que cuenta el nivel de daños, y se empieza a hacer una correlación. El problema es que en esa época, en el siglo XVIII, había poca gente que escribía y por lo tanto hay pocos relatos, y esa información además estaba algo incompleta, porque no tienes cómo contrastar. Sin embargo, lo que sí se sabía, más allá de los relatos, es que este terremoto había producido un tsunami, que le pegó fuerte al país entre La Serena y Concepción, porque al menos habían escritos y crónicas de que así había sido. Basado un poco sobre eso, se planteó inicialmente que la magnitud del terremoto era algo como 8,3, lo que te dice que fue un terremoto grande, pero sin claridad de cómo había funcionado.

En los últimos años se empezaron a estudiar con mucha más atención las zonas de las inundaciones producidas por terremotos, y ahí la relación Chile-Japón juega un papel súper importante; nosotros siempre le mandamos los tsunamis a Japón, y resulta que en Japón tienen un registro súper acabado de esto, en un zona donde tienen marcado cuán arriba llegó la ola de los tsunamis producidos por los terremotos chilenos, porque hay tsunamis que ellos tienen registrados que no se condicen con ningún terremoto japonés, y que da a entender que sí se produjeron en Chile y llegaron hacia allá. Y así se dieron cuenta de que había un evento antiguo marcado en Japón, que era muy parecido al terremoto de 1960, donde había llegado un tremendo tsunami, y que podía ser el de 1730. También el equipo de Marcos Cisternas, que trabaja en la Universidad Católica de Valparaíso, se dedica a reconstruir terremotos más viejos con datos de inundaciones antiguas, en Concepción, La Serena, Valparaíso. Y a raíz de esos tsunamis, trataron de ver de qué tipo de terremoto se trataba, y se encontraron que eran terremotos de gran magnitud, probablemente 9,1 o 9,2, y que terminó rompiendo desde Coquimbo hasta Concepción, todo el centro de Chile, y que también se condice con las narraciones que hay sobre el terremoto de 1730.

 

Pero la historia de Chile, desde la colonia, ha estado marcada por grandes y destructivos sismos, como el de 1575, el de 1647, el de 1657… ¿cuál es la importancia o característica particular del terremoto de 1730 y que hace que casi 300 años después sigamos hablando de él?

Es por su magnitud. Después de un terremoto tan grande como el 1730, uno podría entender que la tensión se libera; pero esa tensión se empieza a acumular de nuevo, y se tiene que liberar. Y los terremotos que han seguido en la zona central desde entonces han sido chicos, salvo en la zona del Maule y Bío-Bío; pero la zona de Valparaíso, San Antonio, Illapel, no ha tenido terremotos tan grandes como para liberar toda la energía acumulada desde 1730. Y eso es lo relevante de este terremoto: te dice que la zona central de Chile ha ido liberando tensión de forma escalonada, y que queda un buen remanente todavía de energía, y que podría salir. Y un terremoto como ese puede producir daños tremendos; y de ahí la importancia, sobre todo cuando hablamos de una zona donde hay grandes ciudades, y donde vive cerca de un 70% de la población del país.

 

A la luz de esta información ¿crees que como sociedad estamos lo suficientemente consientes de este evento? ¿Es Chile es un país con memoria sísmica o de los desastres en este sentido?

No, nos falta mucho. En Chile, algo que hemos perdido mucho es nuestra tradición hablada; en parte porque la memoria oral requiere tiempo, tiempo de escucha, que la gente se siente a conversar y eso se ha perdido en nuestra sociedad. A lo que dicen los abuelos ya no se le presta atención, y le quitamos peso. Cuando escribí la columna sobre el terremoto de 1730 para La Tercera, me acuerdo de que la citaron incluso en un matinal, y todos estaban sorprendidos diciendo “oh, Chile tiene potencial para tener un terremoto grande como el de 1730”, y nadie sabía que había existido ese terremoto. Eso te demuestra que a nivel popular, en la sociedad, nos falta un montón. Olvidamos muy rápido; ahora todos nos acordamos del terremoto de 2010; la gente de Santiago se va a acordar del terremoto de 1985, y los del sur del terremoto de 1960, pero hasta ahí, y ese es un tema importante. Yo siento que esto tiene mucho que ver con el olvido, y la falta de conversación. Porque si uno se pone a pensar en los impactos que tienen los fenómenos naturales en la sociedad, si uno los quiere contar bien, uno siempre termina hablando sobre el impacto que tuvieron en la vida de las personas. La historia de la abuela del vecino, que perdió la casa, o la persona que desapareció en el terremoto… son las cosas que a uno le ayudan a entender la magnitud de estos eventos. Es súper fácil que yo hable de un terremoto M9, pero ¿qué significa eso realmente? ¿cómo lo siento? Es difícil, a menos que lo hayas vivido. Y la mejor forma de transmitir eso, es con el relato. Y en la medida en que vamos perdiendo la capacidad de escuchar al que tenemos al lado, menos vamos a tener consciencia de estos eventos.

 

Cuéntanos un poco sobre tu incursión como columnista en medios de comunicación nacional, donde tratas de traer a la memoria estos eventos y los relatos que les están asociados ¿Cómo nació la iniciativa y cuál es el eje de tu trabajo de difusión?

Yo por Twitter, discutiendo sobre lo que decía este brasilero chanta Aroldo Maciel, me puse a conversar con alguien, y resultó ser un periodista de La Tercera, con el que seguí hablando; en algún momento del año pasado me dijo si me tincaba a hacer una columna cada semana o cada quince días; yo la escribo, él me corrige un par de cosas, y juntos vamos viendo el tema. El desafío ha sido lograr contar una historia interesante, entretenida. Y la idea es que siempre salga el mejor contenido posible. A veces nos pasa, que ha habido artículos que yo cito, y luego el autor me escribe para decirme “sabes, eso no era lo que yo quería decir”, y afortunadamente, estando en Internet y no en el papel, podemos hacer esas pequeñas correcciones para que la información sea lo más precisa o correcta. Aquí no se trata de una pelea de egos, de quién escribe lo mejor o no se equivoca, sino de que el público pueda recibir algo de calidad, pero que sea entretenido, interesante.   

 

¿Cuál sería, a tu juicio, la principal dificultad al momento de escribir un tema científico pero para gran público?

Soy un convencido que como geocientífico, además del trabajo que hago a diario, que le interesa a una comunidad pequeña, el trabajo que terminamos haciendo como comunidad científica sí tiene un impacto en Chile; tenemos una responsabilidad social como comunidad, de salir de la burbuja, de bajar los temas a un lenguaje sencillo. Una falla muy grande, cuando tratamos de comunicar ciencia, es que los científicos terminamos hablando para los científicos; no dejamos de lado los tecnicismos, la cosa hiper rigurosa, y eso hace que nuestros relatos sean súper fomes, de difícil acceso: cuesta que se lean, son densos, son largos. Y la típica crítica que uno escucha cuando se encuentra con científicos que hacen esta pega, es que te dicen “pucha, pero es que no puedo escribir esto en media página, pierdo tanto detalle.” Y creo que uno podría echarse al bolsillo, por así decir, ciertas cosas técnicas, para contar una historia que tenga valor por la historia misma, y que a través de esa historia tú puedas introducir algún concepto más científico.

 

¿Cómo evaluarías la respuesta del público hacia los temas que has tratado en tus columnas? ¿Existe un interés por estos temas?

Sí, hay interés, y se ve en varias cosas. La columna la lea harta gente y eso hace que haya durado hasta ahora; además  hay cada vez más personas que se están animando a hacer columnas y escribir y que se han puesto en contacto con el equipo del diario. Y también está el fenómeno de Twitter, donde la cosa ha sido explosiva: hace un año atrás me seguían 150 personas, ahora la cuestión va en 3500 más o menos.

 

Desde tu rol de investigador ¿cómo evaluarías el vínculo entre la investigación científica y el rescate de la historia y de la memoria asociada a los desastres o los fenómenos naturales? ¿Qué beneficios crees que podríamos encontrar en este vínculo? 

Ahora estamos mal, en el sentido de que la comunicación es poca. Pero está cambiando; hay varios científicos que nos hemos ido dando cuenta de que es tremendamente relevante, cuando uno habla de desastres, de terremotos, de volcanes, tener la visión que no es científica del tema, más allá de la investigación. Cuando se quiere salir de la burbuja académica, que es algo súper importante de hacer, yo me voy a dirigir a personas que en su mayoría no son científicas, y es precisamente la experiencia de las personas que no son científicas la que va a ser súper relevante al momento de generar una buena transferencia de conocimiento de una lado hacia otro. Y eso, para el manejo de riesgo de desastres, para el uso del territorio, para la planificación territorial, es también súper importante.

 

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