[Opinión] Mi primer aluvión, mi primer desastre

Para mayo de 1993 yo tenía 5 años. Vivía en La Florida, en la primera casa que mis papás compraron cuando se casaron. Cuando ya se es adulto, me parece, los recuerdos de niñez se entremezclan o se encapsulan; no recuerdas qué hiciste un día específico y hay muchos detalles que olvidas, pero tratas siempre de relacionar tus memorias con otros eventos o pistas -qué programa estaban dando en la tele, qué edad tenía tu hermano más chico, qué ropa tenías puesta-, eso que te permite reconstruir aquellos espacios en blanco. Pero, por alguna razón, mis recuerdos del 3 de mayo de 1993 están casi intactos. Supongo que se debe a que fue mi primera experiencia frente a la fuerza de la naturaleza, mi primera sensación de incertidumbre total, la incomprensión de una niña de 5 años frente a las imágenes catastróficas mostradas por la televisión, frente a una mamá que no logra calmarse, frente a unos vecinos en vela. 

 

Ese día de otoño con gusto a invierno -ya que había llovido y llovido- estábamos en casa con mi hermana chica de apenas 2 años, mi nana Gaby y mi abuela, quien nos cuidaba. Mi mamá, de manera extraña, había salido a hacer unos trámites; cuando regresó, pasado el medio día, contó a la rápida que parecía que "algo había pasado" porque la gente andaba de los más agitada en la calle. Sin haber prendido ni la tele ni la radio en toda la mañana -la Gaby era super sorda, así que no le gustaba usar la radio- estábamos medias aisladas de la noticia que ya se comenzaba a anunciar por los canales de la época: a eso de las 10:30 de la mañana un aluvión se había producido a lo largo de la Quebrada de Macul, destruyendo casas y arrastrando autos, piedras y barro a su paso. Una vecina -cuyo marido era entonces periodista en Teletrece, hoy conocido conductor en Canal 13- contó que en Av. Departamental -calle que baja desde el oriente y que marca, en cierta forma, la entrada a la comuna de La Florida- estaba inundada a tope, ya que el aluvión también había desbordado los canales San Carlos, Las Perdices y el Zanjón de la Aguada, en la época en que éste corría abierto desde Peñalolén hasta Maipú, saliéndose y dañando las viviendas ligeras que aparecían en sus bordes. 

 

"¿Había posibilidad de que nos inundáramos?" pensaba yo, sin entender a esa edad que estábamos bastante lejos del sector de riesgo; pero yo había oído en la tele el nombre de La Florida, mi comuna, mi pedazo de territorio conocido, que se me hacía grande pero a la vez frágil y expuesto, y que me hacía reflexionar sobre el hecho de que habían cosas -como la naturaleza, la lluvia, o el miedo- que no podíamos controlar.

 

No entiendo cómo ni por qué -creo que hasta el día de hoy no me queda muy claro- pero a eso de las 5 de la tarde mi abuela decidió partir. La Gaby, ansiosa de regresar a su casa, partió con ella. Ambas se subieron al Yugo rojo de mi abuela -un auto que aparentemente tuvo limitada popularidad en los años 80- y las vimos salir del pasaje, moviendo la mano en señal de adiós mientras no paraba de llover. El resto de la historia se corta un poco en mi memoria, pero guardo aún la imagen viva de mi mamá, cuando ya estaba completamente de noche -quizás eran las 7 de la tarde, pero todo estaba oscuro-, paseándose de un lado a otro, con el teléfono blanco en la oreja, esperando que contestaran del otro lado. Habían pasado casi 2 horas y mi abuela no llegaba a su casa en Ñuñoa. Yo, tratando de calmarla, la invitaba a ver los monitos en la tele. Estoy casi segura que estaban dando la Fuerza G en el canal 5, un respiro entre tanta transmisión fatídica, que daba a conocer las primeras cifras del triste evento: 26 personas fallecidas, 8 desaparecidos, y varios miles de damnificados. De repente sonó la puerta. Era mi tata, el papá de mi mamá, que venía buscando a mi abuela; las líneas de teléfono en su barrio estaban cortadas y como no lograba comunicarse con nosotras vino en busca de su señora. Todo parecía medio cómico, medio trágico, medio incierto. Al rato llamó mi abuela desde la casa de una vecina. Estaba sana y salva, y nos relató que las calles seguían cortadas, que habían autos en panne en todos lados, que había gente cruzando en carritos en las veredas. Volvió la paz al hogar. Eso, hasta que supimos que nuestra vecina de enfrente aún no llegaba a casa. Su auto había sido arrastrado por la corriente tratando de pasar la antigua rotonda de Vicuña Mackenna -donde hoy está la estación de metro Macul-, mientras traía a su hija del colegio. El auto había perdido tracción completa y el motor estaba lleno de agua. Ambas tuvieron que ser sacadas por la ventana. Llegaron luego de que un familiar las trajera; era tarde y hacía frío, pero estaban a salvo.

 

Sé que mi pequeña experiencia con el aluvión de la Quebrada de Macul está lejos de compararse con lo que vivieron aquellas miles de familias que perdieron sus casas, sus autos, sus bienes, mucho menos con aquellos que perdieron un familiar, o que nunca lograron encontrar a sus seres queridos arrastrados por la corriente de piedras y barro. Pero recuerdo aquel día fuertemente, como mi primer "recuerdo catastrófico", cuando empezaba a tomar consciencia de los avatares de la naturaleza y de los factores humanos que influyen en los hechos desastrosos. Unos años después, una compañera del colegio que solía vivir en el sector de Lo Cañas, en La Florida precordillerana, me contó que una vecinita suya murió en el aluvión, a raíz del deslizamiento de una pared por la fuerza del agua y los escombros. Esa historia me impresionó mucho, y me hizo pensar que, de una u otra forma, hay una generación que está marcada por esa catástrofe; como lo fue el terremoto de 2010 para todos los que nacimos post 1985 en la zona centro-sur del país, el aluvión del 93 fue, para varios santiaguinos, un primer choque de realidad, nuestro primer desastre del que, a pesar de no ser víctimas, sí fuimos testigos, directos, conscientes, y que es algo que nos dejará marcados para siempre.  

 

 

 

 

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